El tema de la felicidad es de esos tópicos que traen consigo más
preguntas que respuestas. Basta ir a una librería y encontrar estantes de
libros de autoayuda con títulos que nos invitan a comprarlos para obtener la
fórmula de la felicidad eterna.
La felicidad también tiene eso de seductora, al verla en algo o alguien,
la queremos para nosotros. Aunque no es del todo acertado intentar tenerla sin
pensar que ella es un camino más que una meta. Es un camino constante, con
senderos más o menos sinuosos, con ciertas piedras que hay que sortear, con
momentos en los que no se quiere caminar y otros en los que estamos con energía
suficiente para correr. En ese andar constante, es cuando podemos vivenciar
momentos de dicha.
Si lo pensamos de esta forma, como un camino, resulta difícil pensar que
haya una fórmula única para ser feliz. Cada uno tiene su modo de caminar, sus
tiempos, sus ganas de caminar solo o acompañado, y así hay tantas
características como gente puede haber en el mundo.
Sin embargo, aunque pensemos que no hay un modo único para ser feliz, rescato
la idea de pensar que la felicidad se construye y que es algo de todos los
días. Por más que estemos atravesando un momento difícil, siempre puede haber
pequeñeces que nos alegren aunque sea un poco.
Como dijo el estadista y
científico estadounidense Benjamin Franklin:
“La felicidad humana generalmente no se
logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con
pequeñas cosas que ocurren todos los días.”
Por ello, propongámonos propiciar o encontrar esas pequeñas cosas cotidianas.


